lunes, 24 de febrero de 2025

Correr o no correr: Esa no es la pregunta… la pregunta es TODO lo demás

Si hubiera un ranking del sobreanálisis en el mundo, yo estaría entre los primeros lugares. Sobre todo cuando se trata de decisiones sin consecuencias y que no deberían tomarme más de dos segundos. Ejemplo: decidir si salgo a correr el fin de semana. Para otros es un simple "me pongo las tennis y salgo"; para mí es una película de tres horas, con intermedio, palomitas y gente opinando.

Todo empieza con la mejor de las intenciones: "Este sábado salgo a correr". A todo dar, suena fácil. Pero luego mi cerebro prende el "modo caos", que por cierto tiene en "favoritos". ¿A qué hora? Si voy temprano, disfruto del amanecer, como Rocky. Pero, ¿Y si primero me tomo un cafecito y leo un rato? Eso también suena bien. Aunque habrá más calor y humedad más tarde. Decisión pendiente.

Luego viene el dilema de los audífonos. ¿Me los llevo? Correr con música definitivamente vuelve más fácil el paseo. Pero, ¿y si mejor descargo un podcast y aprendo algo por mientras? ¿Dos por uno es mejor? O tal vez un audiolibro, para avanzar en esa lista pendiente, que nunca se acaba. Nota mental: Necesito dejar de comprar libros por lo menos un año. Aunque... sin audífonos podría escuchar los pájaros, el mar, pensar, meditar. Siempre he admirado la paz mental de quien corre sin audifonos. ¿Y si me pierdo de algo? Esto se está complicando.

¿Será que debo hacer una tabla comparativa como si fuera una decisión de finanzas? ¿Un árbol de decisiones? No... perderíamos mucho tiempo poniéndole numeros a lo subjetivo.  Mejor decidimos, mi cerebro y yo, como la gente normal.

Ahora, ¿dónde corro? La playa suena perfecta: arena, brisa, buena vibra. Pero correr en la calle es más fácil.  Correr en arena parece mejor idea de lo que es. Vas chueco, los pies se hunden. Varía la densidad.  Es más cansado definitivamete. No es como se ve en la de Rocky cuando va corriendo con Apollo. Es una realidad, correr en la playa es bonito en la idea pero no tanto en la práctica.   O podría ir al gym y hacer algo de pesas.  A esta edad hay que procurar el ejercicio de fuerza.  Necesitamos músculos para soportar la edad. No, gym no, ¿cómo me voy a encerrar del aire puro y el sol?. Playa entonces. Claro que es más difícil y por eso hay que hacerlo, diría Goggins. ¿Corro descalzo y libre o con tenis para evitar clavarme una concha? Ya me pasó. Si corro descalzo tendría que dejar las chanclas en la playa o irlas cargando.  Y si se pierden las chanclas, tendría que regresar descalzo a casa.  Aunque ya lo he hecho antes, por terapia.  En fin. Descalzo es libertad, pero recuerdo la última vez que me corté corriendo en la playa. Estuve inmovilizado unos días. ¿Cómo regresaría a casa? No soy ligerito como para que cualquiera me ayude. Pero bueno, descalzo, definitivamente. Con tenis no es opción. Sirve que hacemos "grounding".

¿Me llevo el teléfono? ¿Y si me meto al mar después de correr? Prefiero no dejar nada valioso en la orilla como teléfono y audífonos. Me relaja alejarme del teléfono. Procuro correr sin teléfono. Pero, ¿y si veo un amanecer perfecto y no puedo tomar foto para el Instagram? Si voy con teléfono, se incrementan mucho las opciones de cosas que puedo escuchar vs lo descargado en el reloj. Vuelta al inicio.

Y respecto a la logística. ¿Me llevo la bicicleta hasta la playa o corro desde casa? Correr mejor no porque ya quedamos que vamos en chanclas. Si voy en bici, necesito candado. ¿Llevo bolsita para la llave o la escondo bajo una piedra? ¿Y si alguien me ve escondiéndola y me la roba? Mejor bolsita. Pero, ¿si ya voy a llevar bolsa, será que llevo el teléfono? Uno nunca sabe. También podría llevar id y tarjeta, por si se nos atraviesa alguna tienda y traemos sed. ¿O mejor no?

Al final, pasan dos horas, sigo en pijama, ya me tomé el café.  Algo alcancé a leer. Pero de que corro, corro. Ser flojo no es opción. ¿Cómo se me fue el tiempo? Vámonos a la playa, como Rocky y Apollo hubieran querido. Goggins también estaría de acuerdo. Mañana toca calle, ¿o gym?. O no. Ya veremos.


lunes, 17 de febrero de 2025

No muy aficionado y ya jubilado

Nunca fui de los que no se perdían un partido. Tampoco me aprendí nombres, estadísticas o hazañas históricas. Había ciertos juegos, ciertos equipos que realmente disfrutaba, principalmente de basket, americano y soccer. Tal vez, de vez en cuando, algún partido de hockey o baseball se colaba en mi interés.

Hoy, ya no me emociona sentarme frente a la pantalla y seguir cada jugada. No le encuentro sentido. Sé que el tiempo invertido en un partido es, cuando menos, la mitad de un buen libro. Y últimamente, prefiero un libro.

Pero extraño lo que significaba disfrutar un partido. La emoción. La estrategia. Tratar de entender las razones detrás de cada movimiento. La incertidumbre de no saber qué va a pasar. La capacidad sobrehumana de un atleta en su mejor momento.

También extraño las pláticas. Compartir ideas, predecir jugadas, celebrar lo inesperado. Esas emociones gratis que el juego regalaba sin pedir nada a cambio.

Tal vez sea una fase. O tal vez ya viví lo que tenía que vivir con el deporte y no hay nada más para mí ahí. No lo sé. Lo bueno es que los juegos siempre van a estar ahí, por si algún día decido volver.

miércoles, 22 de enero de 2025

Entre uñas brillantes y entrevistas importantes

De pronto, recordé aquellos tiempos. Mis primeras aventuras en la capital: traje, corbata y zapatos boleados. Listo para conquistar el mundo.

Había notado que los hombres traían las uñas bien cortadas. Parecía un requisito para pertenecer a la gran ciudad. Las comparaba con las de mi tierra y, la verdad, se veían… diferentes. No lo entendía del todo, pero al final pensé que era como tener el pelo bien cortado: parte del uniforme.

Tenía una serie de entrevistas importantes, así que decidí pasar por la peluquería. En aquellos tiempos, era "la peluquería para hombres". No como ahora, que son barberías con faciales, masajes y mil tratamientos. Que no me molestan, pero eso es otra historia. Total, me siento, y resulta que ahí había una señorita que cortaba las uñas. No le decían manicure ni nada elegante: simplemente “te corto las uñas”. Me pareció razonable, alineado con mis criterios norteños del siglo XX.

La señorita me pone los dedos en agua caliente. Todo bien. Me corta las uñas. Perfecto. Las lima, las lija, las moldea… y quedan bien bonitas. A donde fueres, haz lo que vieres, pensé.

Y entonces viene la pregunta: “¿Te pongo esmalte?”

Yo, en mi total ignorancia, no tenía idea de qué era el esmalte. Supongo que lo pregunté. Lo que sí sé es que, de alguna manera, salí de ahí con esmalte.

Ahí voy, con mis uñas cortadas y brillantes, rumbo a mis entrevistas. Todo iba bien hasta que, a medio camino, miré mis manos. Uñas brillantes. Muy brillantes. Demasiado brillantes. “¡Madres!” Intenté lavarme las manos. No funcionó. Siguiente escena, yo corriendo de regreso a la peluquería.

Por suerte, la señorita solucionó el desastre a tiempo. Llegué a mis entrevistas sin mayor problema. Y aprendí una lección importante: no todo lo que brilla es oro. Bueno, no, esa no. La lección es esta: no hagas experimentos sin margen de maniobra.

jueves, 7 de noviembre de 2024

La Laptop rebelde juega a las escondidas

Hoy fue uno de esos días donde no olvide la cabeza solo porque la tengo pegada.

Empecé con la idea de llevarme la laptop al trabajo, pensando que si se daba la oportunidad, podía irme un rato a la playa a trabajar desde ahí.

Pero he andado cansado y mejor decidí irme a casa a trabajar… solo que en la desconexión total, olvidé la mochila en la oficina. Primer strike.

Llego a la casa, listo para trabajar, y ¡sorpresa! No tengo la laptop. Ni modo, me tocó regresar a la oficina. Ya que estaba ahí, pensé: “Bueno, pues me pongo a trabajar un rato.” Dos horas después, decido emprender camno a la casa (de nuevo), y cuando llego… sí, otra vez se me olvidó la computadora en la oficina. Segundo strike.

Así que vuelvo a la oficina, me siento como si fuera parte de una mala comedia y, ya que estoy ahí, pues me pongo a trabajar un rato más (¿qué más podía hacer?). Al final, cuando por fin llego a casa otra vez, abro la laptop, y apenas la enciendo… ¡zas! La batería decide apagarse en mis narices. Ahí fue cuando mi esposa, toda sabia, me dice: “¿Sabes qué? Hoy no es un día para que trabajes en casa, mejor haz otra cosa.”

Le hice caso, total ya era hora "de aventar la pala". Fui por Emilio, mi hijo, y nos fuimos a dar el paseo de todas las noches con nuestro perro, Toby. Emilio va en su silla de ruedas, Toby adelante, y yo ahí, como equipo. Todo perfecto, hasta que apenas salimos a la calle, escuchamos a mi esposa gritarnos desde arriba… ¡habíamos olvidado al perro! Nos fuimos tan en automático que se nos pasó un detalle importante de la rutina.

Definitivamente, hoy fue un día raro.  No recuerdo haber tenido uno así en años. Pero bueno, al menos nos reímos un rato, y mañana veremos si la tercera es la vencida.

viernes, 11 de octubre de 2024

Los sueños simples de mi "yo" de 9 años.

Había pasado mucho tiempo desde aquellos días en que soñaba en grande. Soñaba sin preocupaciones, libre de la presión que trae la vida adulta. El ser humano no está preparado para entender lo rápido que pasan los años, y yo no soy la excepción.

Estaba sentado en silencio en casa, cuando apareció mi yo de 9 años. Como en la película Mi encuentro conmigo, protagonizada por Don Bruce Willis. Ahí estaba, pequeño, curioso, con una mirada llena de ilusión y esperanza.

Me observaba con ojos brillantes, pero con un poquito de reclamo.

“¿Qué pasó?” me preguntó. “No te pedí mucho… solo unas poquitas cosas”.

Me quedé pensando mientras me recordaba los compromisos. Eran esos compromisos que alguna vez tomé con total seriedad.

“Quería una caja de Frutsis de uva en el refri. Y también una caja de Duvalines. Quería andar en calcetines por la casa, y jamás ver noticias, solo caricaturas.”

Me encogí de hombros. La verdad es que no se me había olvidado. Lo recordaba cada que pasaba por donde estaba la tiendita en la ciudad donde crecí. La vida adulta había hecho que parecieran insignificantes.

Ese niño, mi yo de 9 años, había confiado en mí. Decidí que hoy era el día cumplir esos pequeños sueños.

Abrí Amazon y pedí una caja entera de Frutsis. Solo había de varios sabores, no solo de uva como quería de niño. Y, por supuesto, una caja de Duvalines. Me hacían tan feliz de pequeño, aunque siempre duraban tan poco.

“Ok”, le dije con una sonrisa. “Este fin de semana veré caricaturas, con Duvalines, Frutsis y andaré en calcetines.”

Sentí una paz que hacía mucho no experimentaba. A mi lado, ese niño de 9 años sonreía. Había encontrado en mí al adulto que siempre quiso ser. Y me di cuenta de algo importante: nunca es tarde.

Mi yo del pasado me recordó lo valioso que es disfrutar de lo simple. A veces, eso es todo lo que necesitamos.

Fin.


jueves, 10 de octubre de 2024

Un par de aventuras en bicicleta

A los seis años, mi día empezaba con la emoción de montar mi bicicleta y pedalear hasta la preprimaria. Me gustaba sentir el aire y escuchar la tierra y el pavimento bajo las llantas.  Eso y sentirme ya grande. 

Recuerdo que un día, de vuelta de la escuela, decidí tomar un atajo por un callejón cerca del estadio. Pensé que sería más rápido y divertido, pero no sabía que sería una de las experiencias más tensas de mi infancia. Al avanzar por el callejón, noté que una persona caminaba justo frente a mí, bloqueando mi paso.

Era uno de esos a los que en ese entonces les decían "los mariguanos del barranco".  No sabía yo qué significaba eso, pero no se veía amigable.

Me moví hacia un lado, pero él hizo lo mismo. Luego hacia el otro lado, y él seguía bloqueándome. Parecía que quería detenerme. Empecé a sentir miedo, y mis manos se aferraron fuerte al manubrio. Al final, me las arreglé para esquivarlo y escapar.  La realidad es que me dejó pasar con una sonrisa.  Supongo que solo se estaba divirtiendo a costa mía.

Llegué a casa aún asustado, pero no dije nada de lo que pasó. Sabía que preocuparía a mi mamá, y mi papá no debía detectar debilidad o miedo. Así que guardé el secreto y no volví a pasar por ese callejón.

Otro día, también regresando a casa de la escuela, un niño mayor me cortó el camino. Sin decir nada, agarró mi bicicleta y se montó en ella. Me quedé parado un segundo, viendo cómo pedaleaba y se alejaba de mí. No supe qué hacer. Empecé a correr detrás de él, gritando y tratando de alcanzarlo. Llegó casi a la entrada de mi colonia, donde dejó la bici y siguió caminando hacia su casa. Hizo una maldad, pero al menos tuvo la decencia de dejar la bicicleta en donde nuestros caminos se separaban. Estaba molesto, pero tampoco lo conté a nadie en casa. 

Me pregunto si ese par recordará sus respectivos incidentes en mi vida.  Me pregunto si estarán vivos por ahí.  Hace más de 40 años de eso.

Al final, preferí olvidarlo y dejarlo pasar. Pero resultó que son cosas que no se olvidan.

sábado, 20 de julio de 2024

Días como hoy

 Hice ejercicio, me metí al mar, leí, salida con la familia a pasear y a comer. Ver película. Con eso hay.