lunes, 12 de julio de 2010
La Expropiación de la Banca y las Pastillas de Menta
Me vienen varios ejemplos a la mente, pero uno especialmente difícil era ir al banco.
Era un lugar frío, aburrido, callado y con unos sillones de plástico incómodos que es donde yo tenía que esperar a mi madre. Un Banamex en Cananea.
Lo único que hacía ésta experiencia más llevadera, era que al momento en que yo llegaba y me acomodaba en la salita a esperar, las empleadas del banco me llevaban un recipiente de cristal con pastillas de menta. Con eso tenía yo para entretenerme un rato.
Es por eso que recuerdo el día en que llegué al banco, me acomodé y no me ofrecieron pastillas de menta.
Al salir pregunté extrañado a mi madre qué era lo que había pasado. No entendía yo el motivo de tal descortesía.
Me explicó que los bancos ya no eran privados, que ahora pertenecían al gobierno, y que probablemente ya no habría pastillitas.
Desde entonces estuve a favor de la privatización de la banca.
miércoles, 14 de abril de 2010
Transporte escolar
Bajando de la mina situada en la sierra, en los camiones de la compañía.
Los mineros van riendo. Contando chistes. Bromeando unos con otros. Molestando a uno entre varios. Cantando.
La diferencia entre el autobús que baja a los mineros de la sierra y un transporte escolar de primaria es nula. Curioso en aquel entonces.
Después aprendí que todos los hombres son niños cuando pueden.
La Calesa
La primera vez que uno baja a una mina, es una experiencia muy curiosa. Es emocionante para empezar. Va uno con su disfraz de hombre rudo... "overall", casco, lampara, botas, guantes y demás.
Sabes además que bajarás varios cientos de metros bajo tierra... después de haber escuchado explosiones mientras temblaba el piso.
Te subes a "la calesa"... una canasta gigante que hace las veces de elevador...
Siempre volteando hacia afuera. De lo contrario los cables de tu equipo personal se pueden atorar en el túnel y la historia resultaria en tragedia.
Se suben los demás.
Comienza a bajar rápidamente. El descenso es mas rápido de lo que uno espera.
Los demás encienden sus lámparas.
Todos voltean a ver al nuevo. A ver que cara pone.
Baja rapido. Esta obscuro. Se sienten nervios.
FN
martes, 30 de marzo de 2010
Balazos
Ya tenía yo como 30 años, y llevaba un par de años viviendo en la capital. Iba a una fiesta del trabajo que me quedaba algo retirada. Los taxis son baratos, así que a mi parecer en esa ciudad no vale la pena manejar cuando no conoces; además evitas andar buscando donde estacionarte, perderte un rato, etc.
Total, platicábamos el taxista y yo de diversos temas de actualidad, como es costumbre.
Circulábamos por una avenida de dos carriles de un sentido, el camellón, y dos carriles en sentido contrario.
Iba una patrulla con la torreta prendida, como a 40 kmh, atrás otro carro, y atrás nosotros.
El carro cambió al carril izquierdo y comenzó a rebasar a la patrulla. El taxista lo siguió.
Apenas íbamos sobrepasando nosotros a la patrulla, cuando el carro de adelante se detiene, y sale algún tipo de arma larga de la ventana derecha de atrás, y comienza a disparar contra la patrulla. En eso se abren las puertas y se bajan 3 o 4 personas abriendo fuego.
El taxista lentamente salió de la línea de fuego y subió el carro al camellón.
Y de ahí nada más a agacharse y esperar.
Afortunadamente nadie salió herido en esa ocasión, pero aún me sobresalto cuando escucho ruidos que parezcan balazos.
jueves, 18 de marzo de 2010
El mejor consejo que he recibido…
Creo que el mejor consejo que he recibido en la vida, me lo dio mi padre cuando era yo adolescente.
Hablé mal de una persona, y después recuerdo que dije: “me cae muy mal”.
Después de preguntarme que porqué me caía mal, y que yo expusiera mis vagos motivos, me dijo:
“Que nadie nunca te caiga mal, hijo, todo mundo tiene algo bueno. Búscalo.”
De inmediato lo puse en práctica. Al menos la parte de que todo mundo tiene algo bueno.
Hasta el momento ha sido verdad. Seguramente tengo más amigos y he aprendido más con esa nueva perspectiva.
sábado, 21 de noviembre de 2009
de copiloto
De mis primeros recuerdos… tal vez tendría unos 4 años, fueron unos viajes en la avioneta de la compañía en donde trabajaba mi papá.
No recuerdo a dónde iba o porqué, pero recientemente me vino un recuerdo bonito.
No recuerdo cómo pero llegué a la cabina de la avionetita, y me senté en el asiento del copiloto.
Recuerdo claramente la vista y el volante (o como se diga).
Comencé a manejar según yo. El piloto me iba dando instrucciones y yo estaba seguro que iba manejando.
Recuerdo además haber pensado que era fácil conducir, pero de repente me asaltó una duda… ¿cómo le iba a hacer para aterrizar?
Pero mantuve la calma, volteé a ver al piloto y le dije: “Señor, por favor me dice cómo aterrizar, porque creo que no sé…”
Creo que me aburrí y me regresé con mi mamá, porque no recuerdo haber “aterrizado” el avión…
viernes, 17 de julio de 2009
Pequeño traidor…
Teníamos vecinos nuevos.
Uno de nuestra edad y un hermano mayor enorme (como de 9 o 10 años).
A Homerín, Julito y a un servidor no nos cayeron muy bien. Quisimos ser amigables, lo recuerdo bien. Pero no eran simpáticos y no quisieron ser amigables.
En fin, en adelante hubo una serie de problemas y terminamos de pleito. Pedradas, gritos, insultos, etc.
En una ocasión tuvimos que darle su merecido al pequeño extraño. Al parecer le pareció ridícula nuestra prueba de ponernos un gusano bellotero en el brazo. No tenía remedio y merecía la lección.
En eso, mientras el menor estaba en el suelo llorando, vimos venir al grandulón corriendo hacia nosotros. Parecía un toro enojado. No le agradó ver a su hermanito llorando.
Ya venía muy cerca, por lo que salimos corriendo hacia mi casa con el monstruo tan sólo a un metro de nosotros.
Homerín, que corría más rápido, llegó primero a mi casa y abrió la puerta. Entró corriendo y enseguida entré yo. La adrenalina corría por mis venas y me volví para cerrar la puerta en cuanto entrara Julio.
Desgraciadamente el niño grande venía justo atrás de él. A punto de atraparlo.
Tomé la puerta, indeciso con respecto a cerrar o no.
Recuerdo la cara de Julito. Desesperado… Si el miedo tiene rostro sin duda es exactamente como lo que ví ese día.
Atrás venía el monstruo. No dudaría en despedazarnos a los tres si tenía oportunidad.
Tuve que tomar una decisión. Y la decisión fué salvar mi trasero. Cerré la puerta en las narices de Julito.
Oí mucho ruido y corrí a pedir el auxilio de mi mamá. Llegó mamá y abrió la puerta. Julito yacía tirado en el piso, llorando desconsolado. El monstruo había desaparecido.
Hasta la fecha sufro con ese recuerdo.
Después nos vengamos unas cuantas veces…